Colindancias 16 / 2025, 35-59 DOI:
10.35923/colind.2025.16.02
Mario G. Castillo Santana
York
University
¿Cómo traducir a un sobreviviente de los campos de exterminio nazi desde la Cuba de 1977? Tadeusz Borowski (y Ana Ros), entre el
realismo socialista en Polonia y el testimonio revolucionario en Cuba
How to Translate a Survivor of the Nazi Extermination
Camps from Cuba in 1977? Tadeusz Borowski (and Ana Ros), Between Socialist Realism
in Poland and testimonio revolucionario in
Cuba
Recibido: 15.10.2025 / Aceptado:
10.01.2026
Resumen: Tadeusz
Borowski fue uno de los primeros escritores del mundo en producir una obra
literaria sobre los campos de concentración y exterminio nazis. Desde su
problemática situación como prisionero no judío sobreviviente, empleado como
mano de obra forzada en las obras de exterminio industrial de personas judías,
Borowski articuló una obra literaria donde se centró en los efectos
gramaticales, idiomáticos y psicológicos de la internalización de la lógica
totalitaria de los campos de concentración. La traducción y edición cubana de
la obra de Borowski en 1977, una de las primeras y más amplias en español, ha
sido calificada de “muy deficiente” (Freixa 2009:
76). ¿Por qué considerar “muy deficiente” la traducción de Ana Ros de “Por favor, pasen a la cámara de gas”? ¿Qué estrategias de
traducción empleó? ¿Cómo pudo el imaginario político oficial polaco y cubano de
los años ‘70 influir en la “deficiente” traducción de Ana Ros? Nos proponemos
analizar cómo el realismo socialista en Polonia y el testimonio revolucionario
en Cuba se convirtieron en un obstáculo para comprender este poderoso relato de
Borowski, incidiendo en la cuestionable traducción de la edición cubana,
fundacional en lengua española, fruto del trabajo de la olvidada traductora
polaca Ana Ros.
Palabras
clave: traducción, Polonia, Cuba, realismo socialista, testimonio
revolucionario.
Abstract: Tadeusz Borowski was one of the first writers in the world to produce
a literary work about the Nazi concentration and extermination camps. From his
problematic situation as a non-Jewish prisoner survivor, employed as forced
labor in the industrial extermination of Jewish people, Borowski articulated a
literary work that focused on the grammatical, idiomatic, and psychological
effects of internalizing the totalitarian logic of the concentration camps. The
Cuban translation and edition of Borowski’s work in 1977, one of the first and
most comprehensive in Spanish, has been described as “very deficient” (Freixa 2009: 76). In what sense can Ana Ros’s translation
of “Por favor, pasen a la cámara
de gas” be considered “very deficient”? What translation strategies did she
employ? How did the Polish and Cuban ideological climate of the 1970s influence
Ana Ros’s “deficient” translation? We propose to analyze how socialist realism
in Poland and revolutionary testimony in Cuba became an obstacle to
understanding Borowski’s powerful story, emphasizing the questionable
translation of the founding Cuban edition into Spanish, the work of the
forgotten Polish translator Ana Ros.
Keywords: translation, Poland, Cuba, socialist
realism, testimonio revolucionario.
Tadeusz Borowski fue uno de los primeros escritores del mundo en
producir una obra literaria sobre los campos de concentración y exterminio
nazis. Esta producción literaria fue fruto de su experiencia directa como
prisionero en Birkenau, Auschwitz, Dachau y Dautmergen,
sucesivamente. Pasó de ser un joven poeta, estudiante de filología polaca y
miembro de la resistencia polaca en Varsovia en 1942, a formar parte de los Funktionshäftlinge, prisioneros-funcionarios, personal
relativamente “privilegiado” que trabajaba en operaciones de logística para el
funcionamiento de los campos de exterminio. La situación de Borowski en la
jerarquía social de estos establecimientos fluctuó entre los Sonderkommando (cuadrillas de prisioneros judíos
obligados a procesar las enormes masas de cuerpos de judíos exterminados, que a
su vez eran asesinados cada tres meses), los Krankenbau (personal de las “enfermerías” de
los campos de exterminio) (Enciclopedia del Holocausto 2025) y los Kanada.
En este último grupo de prisioneros Borowski parece haber estado más tiempo y
por tanto haberlo conocido más. Su presencia en uno de sus relatos la veremos
más detenidamente en este artículo, donde también discutiremos las dificultades
de traducir al español, en el trabajo de Ana Ros, la existencia de ese grupo
social.
Desde la perspectiva de esta experiencia de trabajo forzado
“privilegiado” dentro de los campos de concentración y exterminio nazi,
Borowski, en su producción literaria, asumió la clara y chocante premisa de que
quienes sobrevivieron a los campos de exterminio nazis lo hicieron no solo por
heroísmo o por fortuna personal, sino también porque llevaron a cabo actos
reprobables y condenables en variadas escalas. El conocimiento adquirido en las
últimas décadas sobre los modos de funcionamiento de los campos de exterminio
nazis nos permite hoy comprender que los Funktionshäftlinge
(prisioneros-funcionarios), Sonderkommandos,
Krankenbau y Kanadas
no eran simples cómplices del exterminio industrial, condenables en la
misma condición que los gestores operadores de estos establecimientos (Greif
2014; Stone 2015; Halpert 2018). Como ha sostenido Primo Levi, en su ineludible
reflexión sobre los campos de exterminio nazis:
la maraña
de los contactos humanos en el interior del Lager no era nada sencilla; no
podía reducirse a los bloques de víctimas y verdugos […] el mundo en
el que uno se veía precipitado era efectivamente terrible pero además, indescifrable: no se ajustaba a ningún modelo, el enemigo
estaba alrededor, pero dentro también, el ‘nosotros’ perdía sus límites, los
contendientes no eran dos, no se distinguía una frontera sino muchas y
confusas. (1989)
Paweł Wolski ha precisado que en la colección de relatos de Mundo
de piedra la operación literaria de Borowski “se basaba en un narrador cuasi-autobiográfico, con exactamente el mismo nombre, en
circunstancias que ocurrieron en el mismo tiempo y en el mismo lugar donde
había estado Borowski, pero con una ligera y crucial diferencia: que este
personaje ‘Tadek’ (un diminutivo de Tadeusz) era una versión cruel y despiadada
del propio Tadeusz Borowski” (2017: 202), un individuo que, como también ha
definido Pau Freixa Terradas, “se ha adaptado psicológicamente a las
condiciones del campo de exterminio y muy a menudo sobrevive a expensas de los
más débiles” (2009).
El gran Cesław Milosz, Premio Nobel
de Literatura, quien conoció personalmente a Borowski, recuerda en su obra El
pensamiento cautivo:
Quería ser
severo […] tenía miedo de mentir; habría sido una mentira presentarse como un
observador crítico, cuando en realidad estaba, como todos los demás, sujeto a
las leyes de la degradación. Exageradamente honorable, el narrador B.
[Borowski] se atribuye las cualidades que se consideraban positivas en un campo
de concentración: astucia y serenidad. (1981: 155)
En la Polonia de 1948, dominada por la alianza entre el Partido
Obrero Unificado Polaco, el Ejército Rojo y los comunistas soviéticos, pero aún
inmersa en el proceso de instauración del régimen totalitario en el circuito
editorial, se publicaron por primera vez los relatos de Borowski, recibiendo una
atenta recepción tanto de los lectores como de las nuevas autoridades
comunistas polacas, quienes acogieron con interés el manuscrito para hacer de
conocimiento público los horrores cometidos en los campos de concentración y
exterminio nazi, mientras guardaban silencio sobre los crímenes cometidos
también por los ocupantes soviéticos del este de Polonia y el exterminio de la
población judía. Esto le abrió a Borowski las puertas al reconocimiento público
en el mundo editorial polaco.
El estilo de las narraciones concentracionarias
de Borowski procedía de su previa práctica literaria con la poesía, antes y
durante su estancia en los campos de concentración alemanes, y fue un
desarrollo de lo que Antony Rowland ha definido como una “poesía testimonial”
(2011), un modo de escritura como “responding (…) to post-Holocaust pressures on the
lyrical form” (255). Representaba la expresión de la conciencia de
Borowski sobre la crisis de las formas poéticas al uso hasta ese momento,
puesto que el escritor hacía uso de formas de representación de los campos de
concentración y exterminio nazis que eran bastante diferentes de las que
estaban formando las nuevas autoridades del Partido Obrero de Unificación
Polaca y el Partido Comunista de la Unión Soviética, sus patrocinadores.
Cesław Miłosz señaló que en el mismo momento en que emergía el
éxito literario de Borowski, las autoridades comunistas polacas estaban
asumiendo el modo de representación del realismo socialista soviético sobre los
campos de concentración y exterminio nazis. Desde esta perspectiva los campos
de concentración nazis debieron haber sido lugares donde los prisioneros
participaron en organizaciones clandestinas lideradas por los comunistas; los
prisioneros soviéticos debieron haber sido particularmente distinguidos por su
heroísmo; y las diferencias de convicciones políticas debieron haber
determinado la conducta de los prisioneros en estos establecimientos (1981:
159). Estas apreciaciones de Miłosz en su clásico El pensamiento
cautivo se corresponden con lo que en los últimos años han demostrado Fox (2004) en su estudio sobre el holocausto judío y el
marxismo o con los trabajos de Gershenson (2013) o Dawidiuk (2014) sobre las políticas nazis de
exterminio judío y su representación en el cine soviético.
Circunstancias del trabajo de traducción de Ana Ros
Las formulaciones enunciadas por Milosz desde inicios de la década
de los 50, sobre cómo los líderes estalinistas polacos, en consonancia con sus
preceptores soviéticos, debieron concebir la representación realista socialista
sobre los campos de exterminio nazis, y confirmadas por investigaciones
contemporáneas, son útiles no solo para comprender las tensiones en que
Borowski escribió su obra y ascendió al éxito literario. Sirven también para
percibir el contexto en que Ana Ros, la traductora polaca afincada en Cuba,
tradujo la obra de Borowski en 1977 para una editorial cubana controlada por
autoridades culturales que representaban el propio canon ideológico-estético de
sus coetáneos polacos y soviéticos en 1951.
La traductora polaca Ana Ros-Strzelczyk, quien residió en Cuba
entre 1964 y 2000, probablemente realizó la primera traducción completa al
español de dos compilaciones de narraciones de Borowski: Adiós a María y
Mundo de piedra. Esta traducción solo fue precedida por la traducción y
publicación en México del cuento “Proszę, państwa do gazu”, realizada
por Sergio Pitol para Ediciones Era en 1966. A diferencia del trabajo de Pitol
en México, la traducción de Ana Ros ha caído en el olvido casi total, al igual
que la de los demás traductores del polaco al español que trabajaron en Cuba
durante varias décadas. Sin embargo, un breve comentario evaluativo sobre la
traducción de Ana Ros de la obra de Tadeusz Borowski puede encontrarse en el
texto “Tadeusz Borowski, prosa concentracionaria”
(2009) del investigador catalán Pau Freixa Terradas.
Freixa ha señalado que hasta el momento en que él publica su texto “en
castellano solo existía una traducción cubana muy deficiente de 1977, ahora
prácticamente inhallable” (76), pero no se propuso analizar en qué sentido se
trataba de una “traducción muy deficiente” y por qué debería considerarse como
tal. En este trabajo, nos planteamos analizar, utilizando una muestra de varios
momentos, la traducción de Ana Ros del cuento “Proszę,
państwo do gazu”,
traducido por ella como “Señoras y señores, pasen a la cámara de gas”, también
publicado en el libro Cuentos polacos, editado por la editorial cubana
Arte y Literatura en 1978 en las páginas 111-132.
¿Qué estrategias de traducción empleó Ana Ros para la editorial
cubana? ¿Cómo incidió el ambiente ideológico-político polaco y cubano de la
década de 1970 en esa deficiente traducción de Ana Ros? En este artículo,
buscamos responder a estas preguntas remitiendo la traducción de Ana Ros al
texto original en polaco publicado en el sitio wolnelektury.pl y la
compararemos con la traducción al español de “Proszę państwa do gazu” de Sergio Pitol para la editorial mexicana Era
en 1966, reeditada en la revista digital Cuarta Prosa en enero de 2025[1], y
finalmente con la traducción al inglés realizada por la traductora Barbara
Vedder para Penguin Books en 1967.
Ubicar las prácticas traductológicas dentro de la esfera de
influencia de las ideologías ha permitido situar a los traductores en un
espacio que ha dejado de ser marginal en los intercambios culturales generados
por la literatura. Tanto es así que se ha consolidado el consenso de que las
normas aplicadas a la traducción son convenciones culturales y no leyes
naturales. Estas convenciones actúan en el resultado final de un texto
traducido y por tanto el autor no es el único sujeto activo en el proceso de
traducción de un objeto literario a otro idioma. Una práctica traductológica se
desarrolla en medio de o dentro de los “aparatos ideológicos” (Althusser 2001)
de los Estados y de otras lógicas piramidales institucionalizadas, las cuales
se internalizan en los actores sociales como los traductores. De esta forma,
como señalaron de manera fundacional Bassnett y
Lefevere, las ideologías modulan “la elección de los autores que se traducen,
pero también las formas en que son traducidos” (1991: 2).
En este texto, examinaremos el trabajo de traducción por Ana Ros
de la obra de Tadeusz Borowski concibiendo aquí la traducción como, por un
lado, un instrumento de políticas estatales, según lo analizado por Şehnaz Tahir-Gürçalar (2003)
en su estudio sobre el Buro de Traducción en Turquía y, por otro lado, como
resultado del habitus del traductor, una
práctica internalizada que condensa una historia social y cultural incorporada
al trabajo de traducción, según lo propuesto por Daniel Simeoni (1998).
Ana Ros traduce “Proszę państwo do gazu” en un
momento en que la llamada Revolución cubana se adentraba en las sendas oscuras
del estalinismo. El camino que condujo a este territorio previamente
inexplorado fue forjado por el creciente acercamiento de Fidel Castro a las
figuras públicas del Partido Socialista Popular Cubano (PSP), una eficiente
maquinaria política, la más grande e influyente de su tipo en América Latina en
el siglo XX, que reunió a los comunistas cubanos entre 1936 a 1961. La
disolución formal del PSP en 1961 fue, paradójicamente, un momento decisivo en
la entrada de figuras claves de este partido estalinista cubano dentro de los
espacios de poder del nuevo Estado que emergía en el marco de la llamada
Revolución cubana (Guevara 2003; Sierra y Guerra 2017).
Una expresión temprana de esa creciente presencia de los
estalinistas en la formación del nuevo Estado cubano, gracias a la anuencia de
Castro y su grupo, fue la creación, el 8 de mayo de 1962, de la Editorial
Nacional de Cuba, un monopolio estatal sin precedentes en la Isla y en toda
Latinoamérica para la producción y circulación de libros. Fue este otro regalo
de Castro a los estalinistas cubanos de su confianza, quienes ya controlaban su
aparato de seguridad personal, el Ministerio de las Fuerzas Armadas, el
Ministerio del Interior, los Comités de Defensa de la Revolución, el Ministerio
de Educación, la radio, la televisión y, en parte, el cine (García 2009; Sierra
y Guerra 2017; Guevara 2003; Arias y Juan 1982; Garcés 2023).
La Editorial Nacional de Cuba era una entidad subordinada al
Consejo Nacional de Cultura, también controlada por los estalinistas, quienes
nombraron director al prestigioso novelista, empresario radial y publicitario
Alejo Carpentier (Benedetti y Carpentier 1977; Rojas 2014), que fue un
eficiente ejecutor de los planes de producción de libros, una producción
centralizada y masiva que se adhería a un universalismo acorde con las directrices
establecidas por el aparato cultural del Partido Comunista de la URSS y de Cuba
(Aguirre 1980; Abascal 1984; Beiro 1979; Hart 1983). Esta es una de las razones
que llevaron a la creación en 1968 de la editorial estatal Arte y Literatura,
especializada en la publicación de clásicos de la literatura universal y de
aquellas producciones literarias procedentes de los países que formaban parte
del llamado campo socialista (Editorial Arte y Literatura 1984; López y
Fernández 2023; Rodríguez 1979; Martínez 1983). Queda así esbozado el entorno
político e institucional en el que Ana Ros comenzó su labor como traductora.
Se desconoce casi todo sobre la trayectoria personal y profesional
de Ana Ros. Conseguir una entrevista con ella ha sido un esfuerzo personal
infructuoso durante varios años. Gracias a una “Nota Aclaratoria” en el blog
personal de la exitosa escritora cubana Daína Chaviano supimos que Ana Ros
estudió Lenguas Hispánicas en la Universidad de La Habana en la década de 1960;
“realizó varias traducciones de libros polacos al español” en Cuba; en 2019
residía en España y también se nos informa que su traducción más exitosa en
Cuba fue aquella inolvidable novela Faraón de Bolesław Prus, probablemente también la primera traducción de esta
novela al español en el mundo[2].
Ana Ros se establece en la isla en un momento sin precedentes para
la historia del libro en Cuba, cuando una gran editorial estatal como Arte y
Literatura se propuso asumir la producción de traducción directa de literatura
polaca al español. El único precedente a nivel latinoamericano se encuentra en
la Antología del cuento polaco contemporáneo de 1967 de la editorial
mexicana Era, que patrocinó la labor traductora fundacional del escritor y
embajador mexicano Sergio Pitol, que también sirvió de base para la edición
colombiana de Cuentos poloneses: antología, publicada en 1978 y
patrocinada por el Instituto Colombiano de Cultura, así como para Cuentos polacos,
una antología cubana publicada también en 1978, en la que debutaron varios
traductores cubanos o residentes en Cuba, entre los cuales Ana Ros contribuyó
con la traducción de al menos dos obras.
La traductora Ana Ros y la formación del testimonio revolucionario
en Cuba
Ana Ros parece ser la traductora al español del material más
extenso de Tadeusz Borowski traducido hasta 1977. Desconocemos cómo accedió a
dicha obra, pero podemos reconstruir algunas de las circunstancias y exigencias
institucionales bajo las cuales realizó la traducción y cómo esto condicionó el
resultado final de su obra. En uno de los pocos paratextos que acompañaron la
edición cubana de Despedida de María y Mundo de piedra de Tadeusz
Borowski, traducidos por Ana Ros, se puede encontrar esta declaración en la
contraportada:
Despedida
de María y Mundo de piedra, los dos libros de cuentos que
presentamos en esta edición se basan en recuerdos y vivencias de la espantosa
época que el autor vivió en los campos de concentración del fascismo alemán.
Son un testimonio verídico y terrible de esa pesadilla infernal vivida por
muchos pueblos del mundo. (Borowski 1977)
Si para el contexto de Polonia, Ceslaw
Milosz nos ofreció en El pensamiento cautivo algunas claves importantes
para comprender las tensiones implicadas en la recepción de la obra de Borowski
por las autoridades culturales estalinistas en Polonia en 1948 asumiendo las
pautas del realismo socialista, en el fragmento anterior aparecen condensados
los patrones de recepción de la obra de Borowski en la Cuba de 1977. En una
sociedad como la cubana, donde, a diferencia de Polonia, la formación del
Estado en general y del régimen socialista en particular se produjo con una
importante participación popular inicial, surgió un género literario que se
definiría como el “testimonio revolucionario”.
En la definición de este nuevo género es posible encontrar
diferentes aristas. Par Kumaraswami ha sostenido que el testimonio
revolucionario:
fue una
autentica forma de experimentación literaria para representar a la nueva
sociedad cubana […] sirvió para documentar de manera duradera la historia de
Cuba anterior a 1959 y remarcar el contraste vital con el periodo
revolucionario […] fue un modo intermedial que
permitió una variedad de funciones a través de formas culturales como
literatura, cartelismo, cine, música y prensa. (2024: 358-363)
Otros han ponderado la capacidad del testimonio revolucionario de
ser un vehículo para poner en un primer plano aquellas historias de vida
anónimas y heroicas de personas comunes involucradas en eventos
trascendentales, empleando un lenguaje directo y realista y ofreciendo un poder
de representación literaria para dar voz a los sin voz (Casaus 1990; Randall 2020;
Bunke 1987). Morejón Arnaiz, por su parte, ha
evidenciado el carácter canónico que se concedió en la Cuba de 1968, desde una
institución rectora como Casa de las Américas, a los escritos de Ernesto Che
Guevara sobre su experiencia insurgente, situando en el centro de atención el
arquetipo del combatiente guerrillero como el autor más legítimo de obras de
testimonio revolucionario, por ser un testigo exclusivo con garantías de
autoridad y con capacidad para escribir la nueva literatura (Morejón 2024:
417).
La eficacia inicial del testimonio revolucionario en Cuba como
vehículo tanto para narrar las historias de vida de personas comunes como para
dar voz a la nueva elite de líderes revolucionarios condujo a su rápida
institucionalización, y lo llevó a adquirir contornos formales y de contenido
que marcaron no solo a escritores y lectores cubanos, sino también a
traductores como la polaca Ana Ros. Así, consideramos que Ros tradujo el
manuscrito de Borowski en los términos de un “testimonio verdadero”, tal y como
se anuncia desde el paratexto de la edición cubana de 1977. Sin embargo, la obra narrativa de Tadeusz
Borowski no es solo un texto de “testimonio verdadero”, un reflejo pasivo de
una experiencia; es también la creación de un individuo familiarizado y crítico
con las tendencias literarias de inicios de siglo XX que, tras sobrevivir a la
experiencia extrema de los campos de exterminio nazis, aún creía en el poder de
la literatura.
Problemas en torno al sujeto de los relatos de Borowski
Esa fe en las posibilidades de una literatura que trascendiera las
limitaciones de la prosa realista burguesa del siglo XIX para dar cuenta de la
magnitud de la catástrofe de lo humano que se vivió en los campos de
concentración y exterminio nazi es precisamente lo que llevó a Borowski a no
adoptar en su obra en prosa el recurso del sujeto omnisciente. Habría sido una
elección cómoda, dado que su condición de testigo de la experiencia concentracionaria le confería una autoridad incuestionable.
Por otra parte, en sus narraciones Borowski tampoco asumió la condición de
víctima heroica ni la de héroe auto victimizado. “Tadek”,
el personaje central de sus relatos, como ha sintetizado Timothy Snyder, “no
habla como una víctima desvalida, sino como un
sobreviviente que ha aprendido las reglas brutales del campo para mantenerse
con vida” (2021).
Esta sorprendente actitud autoral de Borowski y esta confianza en
el poder de la literatura no era solamente una cuestión de fidelidad estética,
sino que también estaba relacionada con una experiencia existencial. A
diferencia de muchos otros escritores que evocaron los campos de concentración,
para Borowski, las deportaciones masivas, los campos de internamiento con
trabajo forzado, la desposesión de toda dignidad o la violencia generalizada no
eran una experiencia inédita, más bien formaban parte de su experiencia vital.
La historia reciente de su familia, antes de establecerse en Varsovia como
parte de la comunidad polaca que radicaba en Ucrania occidental, se situaba en
el momento en que ocurrían los trágicos acontecimientos de homogeneización
nacional y la destrucción masiva de los pequeños propietarios rurales, que
precedieron a la creación de la Ucrania Soviética, un fenómeno que ha sido
destacado de forma incomparable por Timothy Snyder (2021).
La interacción entre esa actitud autoral de Borowski, junto a su
previa familiaridad con situaciones traumáticas derivadas de la internación de
sus padres en los campos de concentración y trabajo forzados soviéticos, deben
estar en la base de un recurso recurrente en el texto de Borowski que traduce
Ana Ros. Es un recurso que se encuentra también en varios escritores de Europa
Oriental y que podríamos definir como la escisión del autor entre el
sujeto-víctima y el sujeto-autor y donde se dan frecuentes cambios de persona
gramatical — “yo”, “ellos”, “nosotros”—, lo que refleja la escisión entre el
sujeto pasivo que experimenta la situación traumática y el sujeto activo que
revive el trauma, cuando practica la escritura de la experiencia. Este fenómeno
ha sido detectado y definido por estudiosos como Sarah
Young (2019) en sus análisis de la obra de Varlam Shalamov, Joseph Brodski,
por S. Volkov (2000) en su estudio sobre la obra de Anna Ajmatova y por el
antes referido Pau Freixa Terradas (2019) que ha analizado los textos del mismo Shalamov y de Serguey Dovlátov, escritores
ruso-soviéticos que vivieron experiencias concentracionarias
traumáticas cercanas a las que vivió Borowski.
Este sujeto autoral presente en la prosa de Borowski —que es, lo
repetimos, “un sobreviviente que ha aprendido las reglas brutales del campo
para mantenerse con vida” (Snyder 2021)— y que se caracteriza por una voz
escindida que contiene frecuentes cambios de persona gramatical, es lo que va a
traducir Ana Ros en el contexto particular de la Cuba del año 1977. Como lo
mencionamos anteriormente, en estos momentos hay una fuerte presión
institucional a favor del testimonio revolucionario y de un sujeto autoral
combativo, heroico, solidario (Morejón 2024) basado en las normas tradicionales
de representación de la realidad, que el propio Borowski ya no consideraba
suficientes para representar la experiencia vivida por unos veteranos de
Auschwitz como él. Veamos en seis momentos cómo Ana Ros gestiona estos
requerimientos contrapuestos al traducir el cuento de Borowski “Proszę państwo do gazu” (“Por favor, pasen a la cámara de gas”).
Ana Ros traduciendo
“Proszę państwo
do gazu” de Tadeusz Borowski
La acción central que desencadena los acontecimientos narrados en
este texto es la llegada al campo de concentración de trenes de mercancías
llenos de familias e individuos judíos procedentes de toda Europa, que deben
ser descargados, clasificados, expropiados, exterminados e incinerados por los sonderkommandos, los prisioneros judíos del campo
que, bajo amenaza de muerte y con el incentivo de obtener comida extra y la
esperanza de sobrevivir, son puestos a ejecutar estas funciones.
Momento 1: Inicio de la limpieza de los trenes de prisioneros
judíos
---“Se entra en los vagones.” (Ana Ros, 122)
---“Wskakuje się
do środka” [él entra en los vagones] (Borowski,
11)
---“Subimos al vagón.” (Pitol, 86)
---“We climb inside.” [Subimos al interior] (Vedder, 39)
Momento 2: Extracción de niños y adultos fallecidos de los vagones
---“Se sacan cuatro de una vez agarrándolos por los brazos, como
si fueran pollos.” (Ros, 122)
---“Wynosi się
je jak kurczaki.” [Los
llevan como pollos] (Borowski, 11)
---“Los recojo como si fueran pollos, un par en cada mano.” (Pitol)
---“We carry them out like chickens, holding
several in each hand.” (Vedder, 39)
[Los llevamos como
pollos, cargando varios en cada mano. (Vedder, 39)]
En estos dos momentos seleccionados, la traducción de Ana Ros es
muy fiel a la de Borowski en cuanto al sujeto de la acción, a diferencia de
Pitol y Vedder, quienes establecen la primera persona del plural como sujeto de
la acción de subirse a los vagones y extraer los cadáveres.
Tras el agotamiento mental y físico que conllevan estas violentas
y macabras operaciones de descarga y limpieza de los trenes que transportan a
miles de judíos, la llegada del último tren genera esta escena:
Momento 3: Los prisioneros-funcionarios al borde del agotamiento y
la violencia
---“No, ya esto no se puede dominar. Se despoja a la gente
brutalmente de sus maletas, se desgarran los abrigos” (Ros, 125)
---“Nie, już nie można nad sobą panować. Wyrywa się ludziom brutalnie walizki z rąk, szarpiąc ściąga się palta. (Borowski, 14)
[No, ya no puedes controlarte. Arrebatan brutalmente las maletas
de las manos de la gente, les quitan los abrigos de un tirón. (Borowski, 14)
---“No, ya no es posible mantener la sangre fría. Arrancamos con
brutalidad las maletas, quitamos violentamente los abrigos.” (Pitol)
---“It is impossible to control oneself
any longer. Brutally we tear suitcases from their hands, impatiently pull off
their coats.” (Vedder, 42)
[Ya no podemos controlarnos. Brutalmente les arrancamos las
maletas de las manos y con impaciencia les quitamos los abrigos. (Vedder, 42)]
En este tercer momento, Ana Ros realiza la traducción más fiel de
Borowski, conservando el sujeto omitido de la acción de despojar a las personas
de sus maletas y abrigos, a diferencia de las traducciones de Pitol y Vedder,
quienes introducen una primera persona del plural en sus traducciones
(“Agarramos brutalmente las maletas”, Pitol; “Brutalmente desgarramos las
maletas”, Vedder), que Borowski no utiliza.
En un momento de la historia, un oficial nazi ordena a los
soldados-funcionarios que trabajan en la descarga y limpieza de los trenes que
entreguen a los niños muertos que están dentro de los vagones a las mujeres. Se
trata de las mujeres que, luego de concentrarlas en el andén, serán enviadas a
la cámara de gas. Las mujeres se resisten a tomar a los niños y los
soldados-funcionarios a entregárselos. Ante esta situación paralizante, el
oficial nazi saca su pistola para dispararles y el personaje de Tadek reacciona
frente al peligro de ser asesinado.
Momento 4: Colaborar más con el horror o morir
---“¡Cojan estos niños, por Piedad de Dios! —estalló, ya que las mujeres huyen de mí con espanto y esconden
sus cabezas entre los brazos.” (Ros, 122)
---“Bierzcie te niemowlęta,
na litość boską — wybucham, bo kobiety z przerażeniem
ucieka ją ode mnie, wtulając
głowy w ramiona.”
(Borowski, 9)
---[Toma a estos bebés, por el amor de Dios —exclamo, porque las
mujeres huyen despavoridas de mí, enterrando sus cabezas en los brazos.]
(Borowski, 9)
---“Tomen a estos niños, ¡por el amor de Dios! —exclamo al ver que
las mujeres se alejan de mí con terror, encogiendo las cabezas entre los
hombros.” (Pitol)
---“Take them, for God’s sake! I explode
as the women run from me in horror, covering their eyes.” (Vedder, 49)
[¡Cójanlos, Por Dios! Exclamo mientras las mujereres huyen de mí
horrorizadas, tapándose los ojos.]
En este cuarto momento de colaboración forzada de los
prisioneros-funcionarios con el oficial nazi, Ana Ros decide introducir la
tercera persona del singular (“estalló”), aunque el resto de la oración
Borowski la formula en primera persona del singular (“…ya que las mujeres huyen
de mí con espanto…”), pero esto le
permite seguir usando la figura del sujeto impersonal como en los momentos
anteriores (“se entra en los vagones”, “se sacan cuatro de una
vez”, “se despoja brutalmente a la gente de sus maletas”).
Un quinto momento de la traducción de Ana Ros nos presenta un
cambio de significado intencionado respecto al texto original de Borowski. La
escena ocurre en un breve momento de descanso en la violenta descarga de las
personas de los trenes.
Momento 5: Diálogo entre dos prisioneros-funcionarios sobre las
personas que se extraen de los trenes
---“—Estoy simplemente furioso con esta gente porque debo estar
aquí por su culpa. No siento ninguna compasión. No lamento que vayan a la
cámara de gas; debe ser patológico, simplemente no lo entiendo…
—¡Ah! Al contrario, es natural, predecible, calculado. La rampa te
agota, te rebelas y la forma más fácil de descargar tu odio es volviéndose
contra alguien más débil.
Es un entendimiento muy primario” (Ros, 123)
---“To tak na chłopski
rozum, compris?”
[Eso es solo sentido común, ¿compris?]
(Borowski, 8)
---“Es una manifestación del sentido común, ¿compris?”
(Pitol)
---“It’s simple logic, compris?”
(Vedder, 40)
[¿Es simplemente
lógico, compris?]
En este quinto momento que hemos seleccionado del texto de
Borowski, la traducción que realiza Ana Ros es la menos precisa, como si se
negara a aceptar el funesto “sentido común” al que apela el
prisionero-funcionario. Pero también sería pertinente señalar que, en el
original, Borowski utilizó la expresión “chłopski
rozum” que es traducible al español como “sentido
común”, pero más literalmente como “razón campesina”, en un contexto
sociocultural como el polaco en el que los campesinos han sido percibidos por
los actores sociales hegemónicos en Polonia como la encarnación de la
reflexividad primaria y la inmadurez intelectual. Es una capa de significado a
la que Ana Ros, como nativa del idioma polaco, parece haber estado más
expuesta, por lo que apela a una solución de traducción que ni Vedder, ni Pitol
utilizaron.
Este acto de negación en la traducción de Ana Ros se irá
ramificando en otros momentos de su trabajo hasta llegar a pasajes más
cruciales en que la traductora afecta explícitamente el sentido original del
texto de Borowski, como veremos en los momentos 6 y 7.
Después de un agotador día de violentas descargas de los trenes y
clasificación de miles de personas, sobreviene un atardecer que el autor
describirá como:
Momento 6: Supresión de una noche estrellada
---“Zapada wieczór chłodny
i gwiaździsty.” (Borowski, 13)
[Cae una tarde fresca y
estrellada.] (Borowski, 13)
---“Cae la noche, fresca y desprovista de estrellas.” (Ros, 129)
---“Es una noche fresca y constelada de estrellas.” (Pitol)
---“The evening has come, cool and clear.
The stars are out.” (Vedder, 46)
[Ha llegado la tarde, fresca y despejada. Las estrellas brillan.]
Parecería que Ana Ros no puede concebir que la tarde-noche de un
día horroroso en el campo de concentración y exterminio pudiera estar llena de
estrellas, y elimina la posibilidad de la noche estrellada en su traducción.
Esta supresión no tendría mayores consecuencias si no estuviera conectada con
otra de mayor calado en el texto, como veremos en el momento 7 que
seleccionamos.
Ya en plena noche, cuando parece que ya no llegarán más trenes
atestados de personas judías para expropiar y clasificar dentro del campo de
exterminio, se produce un diálogo entre dos de los prisioneros-funcionarios, Tadek y Henri. Uno de ellos se quiebra ante la posibilidad
de que pueda llegar otro tren lleno de personas, a lo que el otro personaje le
responde con una pregunta con un contenido problemático de traducir.
Momento 7: Qué es “Kanada”?
--- “—Todavía debe venir otro transporte. Pero no es seguro.
—Si viene, yo no iré a
ayudar. Realmente ya no puedo.
—Qué? ¿Te impresionó
tanto? ¡Buena Canadá! Henri se sonríe con benevolencia y desaparece en la
oscuridad. (Ros, 129)
---“—Będzie jeszcze
jeden transport. Ale nie wiadomo.
—Jeżeli przyjdzie,
to ja nie pójdę go rozładowywać. Nie dam rady.
—Wzięło
cię, co? Dobra Kanada⁈ (Borowski, 14)
[—Habrá un transporte más. Pero no lo sabemos.
—Si llega, no iré a descargarlo. No podré.
—¿Entendido? ¿Estás bien, Canadá? (Borowski, 14)]
---- —Falta aún por llegar otra remesa. Nadie sabe a qué hora
llegará.
—Si viene, no iré a
descargarlo. No podría.
—¿Te has desinflado? Un
buen “Canadá” … Henri sonríe bonachonamente y desaparece en la oscuridad.” (Pitol)
--- “—There’ll be another transport.
—I am not going to unload it. I can’t take any
more.
—So, it’s got you down? Canada is nice, eh?
Henri grins indulgently and disappears into the darkness.” (Vedder, 47)
[—Ahí vendrá otro
transporte.
—No iré a descargarlo, no aguanto más.
—¿Entonces te deprime? Canadá es sabroso, ¿eh? Henri sonríe con
indulgencia y desaparece en la oscuridad.” (Vedder, 47)]
En este séptimo momento que hemos seleccionado de las traducciones
de Ana Ros, de Pitol y de Vedder, hay dos núcleos problemáticos con respecto al
original de Borowski. El primero es la expresión polaca “Wzięło cię?”.
En nuestra apreciación, la traducción más apropiada de esta expresión polaca al
español de Cuba hubiera sido: “Te cogió [el cansancio], ¿eh?”. Cuando Ana Ros
la traduce como “¿Tanto te impresionó?” introduce en el diálogo entre los
soldados-funcionarios un matiz de compasión que no es verosímil en ese
contexto. Sergio Pitol, por su parte, al traducirla como “¿Te has desinflado?”,
y Vedder como “So, it’s got you down?”
[“¿Así que te ha deprimido?”], fueron más acertados para dar la textura de la
expresión en ese contexto.
Esta dimensión compasiva que introduce Ana Ros es la obertura de
un segundo núcleo dentro de este fragmento: la expresión
“dobra Kanada?!” [“¡¿buen Canadá?!”]. ¿Qué información aporta Ana Ros en
su traducción para que el lector pudiera comprender el significado de la
expresión “buen Canadá” en el texto de Borowski? Podemos afirmar con total
certeza: ninguna. Es un vacío en la traducción de Ana Ros. La supresión de la
“noche estrellada”, en el quinto momento que elegimos de la traducción de Ana
Ros, preludia la supresión de algo que consideramos más significativo y
singular de las narrativas de Borowski: el lenguaje que utiliza no solo tiene
una función denotativa de comunicar el significado literal, objetivo y
universal de las palabras para proporcionar un “verdadero testimonio” (según el
paratexto de la edición cubana de 1977) sobre los campos de concentración y
exterminio nazis. A través del lenguaje, Borowski también pretendió que
conociéramos las nuevas significaciones sociales que dan cuenta de ese mundo
“terrible, pero además, indescifrable” definido por
Primo Levi. Es un mundo que “no se ajustaba a ningún modelo”, donde no se
distinguía una única frontera, sino muchas y confusas, ya que el enemigo estaba
alrededor, pero también dentro, donde los contendientes no eran dos y el
‘nosotros’ perdía sus límites claros (Levi 1989).
Este “Kanada” que Borowski quiso darnos a conocer Ana Ros no pudo
o quizás no quiso ubicarlo dentro de la narrativa del campo de concentración y
exterminio. A diferencia de ella y en un contexto que no exigía la conformidad
a las pautas del realismo socialista ni promovía el testimonio revolucionario,
Sergio Pitol y Barbara Vedder sí se empeñaron en esclarecer el sentido original
de esta frase en el texto de Borowski y cada uno le dedica una nota en sus
traducciones.
Kanada:
Nombre dado a los almacenes del campo [de exterminio], así como a los
prisioneros que trabajaban en ellos y que tenían la misión de despojar de su
ropa y objetos valiosos a los prisioneros recién llegados. (Sergio Pitol)
Canada: designated wealth and well-being in the camp. More specifically,
it referred to the members of the labour gang, or Kommando, who helped to unload the incoming transports of
people destined for the gas chambers. (Barbara Vedder, 30)
[Canadá: se
designaba la riqueza y el bienestar en el campo. Más específicamente, se
refería a los miembros de la cuadrilla de trabajo, o sonderkommando,
que ayudaban a descargar los transportes de personas que llegaban a las cámaras
de gas.]
La imposibilidad de saber qué significa la expresión “Buen Canadá”
en la traducción de Ana Ros para la edición cubana de 1977 es un pequeño
detalle que nos conduce a la voluntad general de la traductora de crear una
versión del relato donde el propio Tadeusz Borowski quedara desligado de la
situación de adaptación, familiaridad y complicidad con la vida cotidiana
dentro del régimen de exterminio industrial, en que se vieron forzados a
situarse los prisioneros-funcionarios como Borowski y que él mismo consideró
que fue la clave de su sobrevivencia en estos establecimientos.
De esta forma se perdió la posibilidad de calar en las
complejidades de la existencia de los “Kanada”, de considerar sus ambigüedades
en el entorno concentracionario y a través de ellos,
de percibir aquellas aristas psicosociales de los campos de concentración y
exterminio nazis que contrastaban con la perspectiva realista socialista sobre
estos establecimientos. Como lo mencionamos citando a Miłosz, la visión comunista
sobre los campos de concentración nazis los identificaba con unos lugares de
resistencia, liderados por los prisioneros políticos soviéticos militantes
comunistas, pertrechados con sus conocimientos de las luchas de clases, indiferentes a las
diferencias étnicas e idiomáticas y con una férrea voluntad individual, todo
ello resultado del conocimiento de las leyes de la historia y el materialismo
dialectico. Se trata de una versión que ha sido discutida también por Fox (2004), Gershenson (2013) y Dawidiuk (2014), y con la que Ana Ros parece
haber estado familiarizada, dada su socialización en la narrativa estalinista
de la Polonia de la década de 1950.
Contextos ideológicos y habitus
de una traductora polaca radicada en la Cuba de los 70
En este punto, podemos calibrar la relevancia de las
consideraciones de Daniel Simeoni sobre el peso del “habitus
del traductor” como factor explicativo para comprender la naturaleza de la
traducción producida por Ana Ros en Cuba, a mediados de la década de 1970.
Cabría esperar que una persona que había estado fuera de su país natal durante
unos quince años pudiera generar nuevas posibilidades en la traducción de la
obra de Tadeusz Borowski y distanciarse, desnaturalizar o problematizar los
cánones ideológicos heredados para destacar las complejidades psicológicas y
literarias producidas por uno de los sobrevivientes de los campos de exterminio
nazis. Un contexto de normas de traducción poco estructuradas y la existencia
de espacios relativamente favorables para la autonomía laboral —derivados de la
novedad del terreno que se abría en Cuba para jóvenes traductores como Ana Ros—
no fueron suficientes para producir una traducción de la obra de Borowski
sustancialmente alejada del canon estalinista polaco y soviético. Como ha
insistido Daniel Simeoni, “el hábitus traductor
individual también juega un papel decisivo más allá del contexto en el que se
producen las traducciones” (1998).
Asimismo, debemos decir que en ese entorno en parte favorable para
que Ana Ros tradujera a Tadeusz Borowski con mayor libertad, su labor
traductora se enmarcó en el acuerdo de colaboración cultural firmado el 6 de
marzo de 1961 por los gobiernos cubano y polaco, y reafirmado con el Convenio
sobre la cooperación editorial de Polonia y Cuba hasta 1980, firmado el 26 de
enero de 1976 (Rommel 1985). A pesar de las marcadas diferencias de contenido y
las temporalidades en las que operaron las políticas culturales estalinistas en
Cuba y Polonia, ambos regímenes encontraron puntos y dinámicas de convergencia
que dieron lugar a productos como la edición cubana de las narraciones de
Tadeusz Borowski.
En Cuba, la traducción de Ana Ros de los relatos concentracionarios de Borowski se produjo en un contexto
donde existía un vivo interés por la sociedad polaca y su carácter
“problemático” dentro del llamado campo socialista, por su sólida
intelectualidad y sus prestigiosos artistas. Sin embargo, el acontecimiento
cultural que catalizó y legitimó la labor de traducción de la obra de Tadeusz
Borowski por parte de Ana Ros en Cuba fue la atenta acogida que recibió el
estreno del filme polaco Paisaje después de la guerra (1970) del
conocido director Andrzej Wajda, una versión cinematográfica de uno de los
relatos de Tadeusz Borowski, lo cual afianzó el respeto que se le profesaba en
Cuba a Wajda desde su primera visita a la isla en septiembre de 1961 y abrió
camino al conocimiento del autor cuya prosa inspiró el guion.
En una entrevista concedida el 26 de septiembre de 1961 al nuevo
medio estatal cubano Prensa Latina, Wajda declaró que venía a Cuba porque “Cuba
es ahora el país de la juventud, y precisamente la juventud es la única
protagonista de mis películas, en las que he tratado de presentar un período
trágico de la historia de mi país […] Pienso que mis conversaciones con jóvenes
cubanos me acercarán de nuevo al tema que me ha preocupado durante años y que
no quiero abandonar: el tema de las convulsiones y derrotas tempranas y el de
los triunfos tempranos” (García 2009).
Juan Antonio García Borrero, destacado historiador del cine
cubano, quien rescató del olvido estas declaraciones de Wajda, las comenta en
estos términos: “No es de extrañar de Wajda se sintiese deslumbrado con los
sucesos revolucionarios que acontecían en Cuba tras la derrota de Fulgencio
Batista. Después de todo, Cenizas y diamantes nos habla de ese momento
posterior a la solución de un conflicto bélico (Segunda Guerra Mundial), en el
cual personas que se encontraban luchando por determinados ideales comunes, de
pronto pasan a ser antagonistas” (García 2009).
El testimonio revolucionario en Cuba se convertiría en un vehículo
para constituir una narrativa heroica que silenciara esos mismos “conflictos
antagónicos entre personas que habían luchado por ciertos ideales comunes” que
señalaba Wajda. No obstante, en su proceso de conformación no se puede dejar de
reconocer que fue una forma literaria con procedimientos de escritura basados
en las texturas de voces marginadas en las literaturas
eurocéntricas y coloniales, que proporcionó un “mosaico de medios para que los
cubanos se sintieran conectados con la experiencia nacional”, como ha sugerido
Kumaraswami (2024: 366). Asimismo, parecía contener posibilidades de
comprensión y afinidades con las cuestiones planteadas por los escritos del
‘Kanada’ Tadeusz Borowski. Con todo, como descubriría posteriormente la
generación de escritores cubanos de los años noventa, el género testimonial se
vio obligado por el entramado editorial estatal a no asumir como objeto de
escritura las nuevas realidades opresivas vividas por los “testigos
problemáticos” a los que se refiere Rafael Saumell (1993). Con otras palabras,
el género testimonio, paralelo a todas sus “potencialidades para la
experimentación radical interseccional, intermedial e
intercultural” (Kumaraswami 2024: 366) demostró su dependencia de los intereses
ideológicos circunstanciales del Estado surgido de la Revolución cubana, lo
cual ha sido analizado por Michaëla Sviezeny (2012). Sus posibilidades
creativas se redujeron en dos décadas a historias de vida de figuras relevantes
del nuevo orden en Cuba o a la denuncia de injusticias sociales estrictamente
vinculadas al dominio imperial norteamericano y sus aliados en América Latina.
Luisa Campuzano, intelectual cubana muy al tanto de la gestación del género
testimonio desde la Casa de las Américas, recalca: “El testimonio en relación
con Cuba fue fatal […] las instituciones que patrocinaban concursos literarios
rápidamente introdujeron esta especie en sus convocatorias […] la medianía
prevaleció y en buena medida clausuró este camino para las generaciones más
jóvenes […] pienso que nadie menor de 60 años ha escrito un testimonio en Cuba”[3].
En este contexto, los usos en los años 70 en Cuba y Polonia de la
producción literaria de un sobreviviente de Auschwitz como Tadeusz Borowski
contrastan marcadamente con los usos que tuvo la memoria de estos
sobrevivientes en el resto de America Latina, donde —como ha formulado Estella
Tarica— estas referencias junto a las relacionadas con el Holocausto judío
“comenzaron a aparecer para denunciar las atrocidades cometidas por los
gobiernos latinoamericanos contra sus propios ciudadanos bajo el pretexto del anticomunismo”
(2022: 3). Por este camino “Autores y activistas latinoamericanos vincularon
estas prácticas testimoniales con proyectos de solidaridad política y
autodeterminación nacional. Esto, a su vez, generó una conexión entre el
testimonio del Holocausto, el testimonio de los derechos humanos y el
testimonio revolucionario” (5).
La interconexión entre estos ejes temáticos no se produjo en Cuba.
La institucionalización del testimonio revolucionario en la isla a partir de
1970 se desentendió del testimonio sobre el devenir de los derechos humanos en
la mayor de las Antillas y sobre las proporciones que alcanzaron las nuevas
dinámicas opresivas ejercidas por ese mismo gobierno revolucionario sobre la
población cubana. Una de las pruebas del tamaño de la coerción política es el
éxodo por el puerto del Mariel en abril de 1980 de casi 150 000 personas
precarizadas, desempleadas, racializadas, marginadas por sus sexualidades
divergentes y que en la narrativa oficial cubana aún hoy muchos consideran como
“escoria” y “gusanera” (Lanza 2021, 2025). En ese contexto, la “Latin Americanization of the Holocaust”
(Tarica 2022) fue un referente distante y abstracto en Cuba, siendo accesible
solo para las nuevas elites revolucionarias, los muy cercanos a ellos o para
los militantes extranjeros y sus familiares radicados en Cuba en esos años.
Esta disociación entre el testimonio revolucionario, el testimonio
sobre los derechos humanos y el testimonio sobre el Holocausto que se va
perfilando en Cuba desde mediados de la década del 70, Werner Mackenbach la
percibe también en la “novísima literatura testimonial centroamericana” de los
años 90. Se trata de un corpus literario que “ha perdido la fe en «una» verdad
histórica, el haber abandonado el reclamo de representatividad en nombre del
subalterno y el haber recuperado la pretensión de literariedad”, a lo que se
añade una marcada intención de “individualización, fragmentación,
relativización y ficcionalización” (2019: 20).
Todas estas disociaciones entre esas tres áreas temáticas
testimoniales ya estaban prefigurándose veinte años antes, tanto en la
escritura de Tadeusz Borowski, como en la recepción de su obra en Polonia. No
siendo judío Borowski, sino un preso político, su sobrevivencia estuvo
relacionada con su condición de prisionero-funcionario en el engranaje de
exterminio judío. Estas circunstancias y también —como señaló su contemporáneo Cesław Miłosz (1981)— su férrea voluntad de ser
honesto contribuyeron a que Borowski no produjera una narrativa que sirviera
para los fines panfletarios y aleccionadores del realismo socialista soviético,
con sus héroes pertrechados con el marxismo leninismo y la brújula de lucha de
clases y tampoco diera un testimonio de actividad organizativa alguna en
reclamo de derechos humanos. A diferencia de esto, la obra de Borowski es una
expresión de cómo, en estos establecimientos nazis de exterminio industrial
radicados en Polonia, se vivenció de manera directa y masiva la crisis de los marcos
de comprensión tradicionales en los que se definían las víctimas y los
perpetradores de crímenes. Asimismo, esta obra desestabiliza el propio estatus
de testigo y testimoniante, al evidenciar actos de
exterminio humano no solo a nivel institucional, sino también con
procedimientos industriales impersonales.
Con la derrota del régimen nazi y la ocupación soviética en los
territorios pertenecientes a la antigua Polonia, estos se convirtieron en un
vector clave en la expansión ruso-soviética por Europa Central. En este
contexto, fue decisivo para los nuevos gobernantes comunistas establecer una
narrativa testimonial de Estado con respecto al funcionamiento de los campos de
concentración y al exterminio nazi, recurriendo a las premisas tradicionales de
perpetradores y víctimas que legitimaran a los ocupantes soviéticos, así como a
los gobernantes polacos designados por estos.
Un texto como “Proszę państwo do gazu”, traducido
por Ana Ros, solo fue parcialmente útil para estos propósitos gubernamentales,
puesto que era una expresión literaria salida directamente de algo
perversamente inédito que había ocurrido realmente, pero tampoco era “un
testimonio verídico y terrible de esa pesadilla infernal vivida por muchos
pueblos del mundo” como expresaba el paratexto de la edición cubana de 1977. “Proszę państwo do gazu” era mucho más que esto. Era también un inmenso
esfuerzo mental de un sobreviviente de Auschwitz por restituir la valía de la
literatura. Una pieza literaria que no reclamaba representar a una categoría
sociológica, ni una ideología, sino el poder primordial de la ficcionalización como espacio para reflexionar sobre la
naturaleza humana, su fragilidad, perversión y su conexión con el instinto de
supervivencia, desde la singularidad de un individuo frente a su destino y la
historia.
Conclusiones
David Gramling ha señalado que, en la lucha por comunicar
internacionalmente las verdades sobre los campos de concentración y exterminio
nazi, la cuestión de la diversidad lingüística ha quedado relegada a un segundo
plano, lo que para él constituye una “abrumadora negligencia” (2016: 55). Por
su parte, Peter Davies, tras analizar comparativamente las traducciones de
Borowski al inglés y al alemán ha indicado, en su texto originalmente en
inglés, que la calidad de la traducción de autores como Borowski depende no
solo de las estrategias desarrolladas por los traductores, sino también de la
editorial. Debe existir “una clara voluntad conjunta del traductor y la
editorial de asumir y respetar las estrategias narrativas presentes en una obra
como la de Tadeusz Borowski” (2015: 38).
La edición cubana de 1977 de la obra de Tadeusz Borowski se
origina en una situación en la que ni en la cultura de origen (Polonia) ni en
la de llegada (Cuba) pareció existir esa disposición a ponderar las estrategias
narrativas del autor. En Polonia, porque su obra no
respondía del todo a los cánones del realismo socialista sobre los campos de
concentración, con sus héroes soviéticos liderando sublevaciones dentro de los
campos, gracias a sus conocimientos sobre la lucha de clases, las leyes de la
historia y el materialismo dialectico (Miłosz 1981; Fox 2004; Gershenson
2013; Dawidiuk 2014). En Cuba, porque la
complejidad del sujeto narrativo con el que trabajaba Borowski no encajaba con
los requisitos morales de la literatura testimonial que promovía el Estado, con
sus autores-héroes al estilo Che Guevara y sus diarios de lucha guerrillera (Morejón
2024). En este contexto, solo una parte de la obra de Borowski fue de interés,
y esa parte fue la misma en Polonia y Cuba: el “testimonio verídico” de las
brutalidades de los campos de concentración y exterminio nazis.
La
imposibilidad de saber qué significa la expresión “Buen Canadá” en la
traducción de Ana Ros para la edición cubana de 1977 es un pequeño detalle que
nos conduce a la voluntad general de la traductora de crear una versión del
relato donde el propio Tadeusz Borowski quedara desligado de la situación de
adaptación, familiaridad y complicidad con la vida cotidiana dentro del régimen
de exterminio industrial, en que se vieron forzados a situarse los sonderkommandos como Borowski y que él mismo
consideró que fue la clave de su sobrevivencia en estos establecimientos. Este
propósito a la hora de traducir los relatos de Borowski para la edición cubana
fue fundamental para restablecer un sujeto narrativo apropiado para entrar en
los cánones oficiales cubanos de la literatura de testimonio, y creemos que
este empeño llevado a cabo por Ana Ros en su traducción es el que condujo a la
“muy pobre traducción” que percibe Freixa Terradas
(2009: 76).
Tuvo que ocurrir el fin del régimen estalinista en Polonia y ganar
peso en el ámbito académico la perspectiva de los Estudios del Holocausto, para
que surgieran otras posibilidades analíticas de la obra de Tadeusz Borowski,
con trabajos como los de Peter Davies (2015), Przemysław Czapliński
(2018), Zamir Halpert (2018) o Freixa Terradas
(2009), sin los cuales no habríamos podido definir este agujero negro en la
edición cubana de 1977 de Tadeusz Borowski. Nada semejante —ni una
transformación social comparable a la ocurrida en Polonia ni un desarrollo
sólido de los Estudios del Holocausto— ha permeado la investigación social
sobre Cuba como para propiciar un análisis del trabajo de traducción de Ana
Ros. Una fructífera y marginal nota al pie en el texto de Freixa
Terradas iluminó la posibilidad y la necesidad de ahondar en esa “muy pobre
traducción cubana de 1977, ahora prácticamente inhallable” (2009: 76), llamando
la atención sobre esta temprana traducción al español de Ana Ros de la obra de
Tadeusz Borowski, que hoy ha caído en el olvido casi por completo, pero que
revela desde una arista inesperada la forma en que las pautas del realismo
socialista en Polonia y el testimonio revolucionario en Cuba devinieron en un
obstáculo para comprender la obra de uno de los escritores más impactantes de
la literatura polaca de la segunda mitad del siglo XX.
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