Colindancias 13 / 2022, 263-266                                             DOI: 10.35923/colind.2022.13.15

Roberto Ferro

Instituto de Literatura Hispanoamericana

Universidad de Buenos Aires

Noé Jitrik (dir.). Historia crítica de la literatura argentina. Buenos

Aires: Emecé, 1999-2018, 8052 pp.

I         — Una patria literaria, Cristina Iglesia y Loreley El Jaber, 2014, 531 pp.

II      — La lucha de los lenguajes, Julio Schvartzman, 2003, 653 pp.

III    — El brote de los géneros, Alejandra Laera, 2010, 627 pp. IV     — Sarmiento, Adriana Amante, 2012, 832 pp.

V       — La crisis de las formas, Alfredo Rubione, 2006, 735 pp.

VI    — Rupturas, Celina Manzoni, 2009, 790 pp.

VII  — El imperio realista, María Teresa Gramuglio, 2002, 524 pp.

VIII     — Macedonio, Roberto Ferro, 2007, 619 pp.

IX    — El oficio se afirma, Sylvia Saítta, 2004, 682 pp.

X       — La irrupción de la crítica, Susana Cella, 1999, 528 pp.

XI    — La narración gana la partida, Elsa Drucaroff, 2000, 579 pp.

XII  — Una literatura en aflicción, Jorge Monteleone, 2018, 952 pp.

Recibido: 1.12.2022 / Aceptado: 21.12.2022

He optado por encabezar esta reseña con el detalle de los doce volúmenes que constituyen la Historia crítica de la literatura argentina con el propósito de apelar a un criterio de orden que me permita abordar una síntesis aproximada de una obra que abarca en su conjunto más de trescientos artículos de escritores, críticos e investigadores de la literatura argentina a lo largo de más de 8.000 páginas en el lapso de casi 20 años de su publicación.

Roberto Ferro

La estructura de la Historia se articula en etapas pensadas como grandes instancias de transición, no por movimientos, tendencias o grandes obras, aunque eso no implica que tales aspectos no sean tratados desde variadas perspectivas; las transiciones se caracterizan por la confluencia de rasgos distintivos, y a partir de ello se les atribuye la forma de una etapa que da lugar a un volumen que se articula con el anterior y el que se sigue. Los títulos de los volúmenes se relacionan con las transiciones que son objeto de análisis, evidenciando que en ningún caso la periodización hace referencia a las series histórica, social o política, sino específicamente a la serie literaria, afirmando de esa manera que el dominante son los hechos literarios, sin que ello suponga establecer un grado de autonomía tal que los escinda de los contextos en los que se producen.

Los doce volúmenes constituyen así una narración que se propone dar cuenta exhaustiva de la literatura argentina, pero, consecuentemente, los trabajos que convergen en cada uno dan consistencia y sustento a la etapa que aborda. En síntesis, y considerando el relato completo, hay un comienzo denominado “La patria literaria” y un final denominado “Una literatura en aflicción”, y entre ambos un desarrollo, o un proceso no regido por un diseño cronológico rígido, pues si bien no puede ignorarse que los hechos literarios ocurren en un devenir temporal, algunos se proyectan sobre otros e inciden a veces lejanamente en acciones retardadas. Dos de los volúmenes se titulan “Sarmiento” y “Macedonio”, poniendo de manifiesto un gesto particular, ya que se ha optado por Domingo Faustino Sarmiento sobre José Hernández en el siglo XIX y por Macedonio Fernández sobre Jorge Luis Borges en el siglo XX, elecciones que no implican la imposición de una escala de valores, ni el rechazo a formulaciones canónicas, sino antes bien privilegiar el carácter transicional, en el sentido de que Sarmiento y Macedonio dan lugar a nuevas propuestas en el proceso general de la literatura argentina; asimismo esa decisión es funcional a algunos de los objetivos primordiales de la Historia centrados en ampliar saberes, debatir sus alcances, recuperar lo perdido e iluminar lo hallado.

 

La publicación de los volúmenes no siguió a la disposición cronológica de la obra, sino que se fue vinculando con el proceso de producción de cada uno de ellos.

Las historias de la literatura han sido tributarias en mayor o menor medida de una concepción teórica de la historiografía vigente al momento de ser elaboradas, del mismo modo que éstas se relacionan con corrientes filosóficas generales. La idea que ha guiado el objetivo historiográfico de la Historia crítica de la literatura argentina concibe todo discurso histórico como “relato”, no con la pretensión de afirmar un lenguaje reconocidamente literario, imitativo o poético, porque en tanto está configurado por la materialidad verbal, de la que no puede prescindir, responde a una de las funciones primordiales del lenguaje. Esta postura tiene la virtud de apartarse de la frecuente tentación referencial. La valoración de la instancia verbal y genérica implica tomar distancia de la ilusoria creencia de que la expresión no sólo trasmite el hecho considerado histórico, sino que lo hace con tal inequívoca fidelidad que no existe diferencia entre un hecho y su puesta en discurso.

En consonancia con ese modo de entender la historia, en marcada diferencia con los modos habituales, se tuvo en consideración la fuerte expansión que ha tenido en gran parte del siglo XX la crítica y la teoría, desde la emergencia del llamado formalismo ruso en adelante; el potente efecto de ese proceso ha perturbado tanto la ilusión de una pureza receptiva o una respuesta valorativa infinitamente subjetiva como el erotismo del éxito de ventas y la probabilidad de lecturas incondicionadas.

Haber asumido la importancia de la crítica y la teoría hace confluir la función informativa de la historia con la exigencia de una narración que reuniera las miradas propias de una época, en tanto que discurso subyacente indisociablemente unido al devenir general. Esos son los motivos por los que la empresa que abarcó más de 20 años de trabajo se denomina Historia crítica de la literatura argentina.

La circunstancia de haber estado íntimamente vinculado a la génesis como a la elaboración de la Historia me habilita para hacer en esta reseña algunos señalamientos pertinentes.

 A principios de 1997, Alejandro Horowicz, que será luego el director editorial del proyecto, le propone a Noé Jitrik la posibilidad de llevar a cabo una historia de la literatura argentina para la editorial Emecé; Jitrik con la enjuncia intelectual que lo caracterizaba comienza a trabajar en una primera versión que discute y analiza conmigo y con Alfredo Rubione, por aquellos años hacíamos juntos la revista Syc; asimismo, Ricardo Piglia tuvo un papel importante en el armado de la propuesta que el domingo 9 de marzo de 1997, en su departamento de la calle Viamonte, Noé Jitrik presentó a los futuros directores de los volúmenes.

En primer lugar y con objeto de dar forma al relato general, hubo que deliberar sobre los modos de escansión en períodos de la Historia que se determinó serían doce, y acordar los directores de cada uno. En este punto es relevante dejar sentado que los que fuimos elegidos, además de la competencia para llevar a cabo la tarea, teníamos una relación personal y de trabajo muy estrecha con Noé Jitrik, la mayoría éramos investigadores del Instituto de literatura Hispanoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, que dirigía el propio Jitrik. En la práctica, armar cada volumen suponía una serie de etapas que requerían una dedicación fundada en la vocación crítica, dado que las remuneraciones ofrecidas por la editorial eran magras en relación con los tiempos exigidos por el rigor comprometido en el proyecto. Cada director de volumen discutió con Jitrik los temas configurados para acordar el alcance teórico y práctico de un resultado viable. Una vez seleccionados los colaboradores, se les proponía los asuntos que se les ofrecía abordar, en ningún caso se aceptaron trabajos ya publicados, los volúmenes no han tenido carácter de antología, todo lo contrario, cada una de las colaboraciones fue pensada como incidente de la narración.

En los años que se fue extendiendo la publicación de los doce volúmenes, la Argentina atravesó todo tipo de crisis y convulsiones sociales y económicas, razonablemente, la industria editorial fue acomodando sus programas a esos vaivenes; en esos contextos, la obra se pudo completar finalmente por el apoyo irrestricto que Alberto Díaz, como editor de Emecé, le dio al equipo de la Historia, sin su gestión en más de una oportunidad se habrían dado las condiciones para cancelar la ejecución.

Finalmente, se me impone señalar que en octubre del año pasado, mientras estábamos en la ciudad de Pereira en Colombia, donde habíamos viajado para dictar seminarios de doctorado, Noé Jitrik falleció como consecuencia de un derrame cerebral; la Historia crítica de la literatura argentina es parte de la inmensa obra que en más de setenta años fue produciendo, pero sin lugar a dudas ocupa un lugar privilegiado para aquellos que se aproximen a su legado para tener una acabada idea de su condición intelectual, de su talento de escritor y básicamente de maestro, sobre el que muchos críticos e investigadores de América Latina hemos encontrado un pensamiento faro.